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By PLAVEB

Los Paraísos Perdidos

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Jueves, 18 de Noviembre de 2010 22:32


Por cualquier carretera del Aljarafe por donde nos aventuremos a circular hoy día, nos llevará, irremediablemente, a un desolador paisaje de casas clónicas alineadas unas junto a otras, donde antes aparecían olivos, viñedos, campos de labor y fincas de recreo.

La especulación inmobiliaria, grave causante en buena parte de la terrible crisis económica que venimos padeciendo, se ha cebado con este pequeño paraíso cercano de los sevillanos que son las tierras elevadas del Aljarafe, comarca jardín poblada desde antes de que nuestra Historia tuviese memoria, como atestiguan los valiosos y dejados de la mano de Dios dólmenes que se encuentran en la zona, donde quizás se construyó la mítica Tartessos, donde se fraguó el tartésico tesoro del Carambolo y donde romanos, musulmanes y cristianos, supieron entender sus bondades y construir sus villas de descanso veraniego. Ahora, esa pretendida democratización del estado del bienestar, ha banalizado ese lujo, para igualar a todos por abajo, creando caminos que conducen a ratoneras sin salida, por donde te pierdes en un mar de ladrillos adosados sin solución de continuidad.

Fruto de todo ese dislate de la “modernidad” es la pérdida, entre otras cosas, de parte del viñedo aljarafeño. Es difícil ver viñas por la zona, lo cual ha llevado incluso a hacer decir a mucha gente que no hay producción propia para hacer tanto mosto en otoño y que los bodegueros traen de la cordobesa zona de Montilla lo que allí ya no hay. Yo, ni quito ni pongo rey, allá cada cual. Lo que si es cierto es que quizás, en otra provincia, de otra región, de otro país, un pequeño paraíso como el Aljarafe sevillano, con su carga de historia, tradición e incluso peculiaridades propias en la arquitectura, los productos e, incluso, el habla de sus gentes, habría sido tratado con bastante más mimo que aquí. Y uno de los mejores tesoros etnográficos y culturales conservados del Aljarafe se guarda en sus viejas bodegas. Zona plenamente mediterránea, aunque ya con atisbos del frescor que llega desde la costa atlántica y emparentada en lo vinícola con el Condado de Huelva, como demuestran los cultivos de la vid y el olivo, señas de identidad de nuestra cultura greco latina y cristiana, cuyos frutos, el aceite y el vino, no sólo han sido parte fundamental de la dieta de sus pobladores, sino que incluso, desde la Antigüedad, han tenido un carácter sagrado para sus religiones. Ni siquiera la dominación mahometana, fue capaz durante sus cinco siglos de dominación, de acabar con el cultivo de la vid.

Visitar las viejas bodegas donde familias de vieja tradición vinícola mantienen aún la llama encendida, te reconcilia con el mundo. Las altas paredes encaladas, las botas de roble, el aroma del vino, la madera, el albero húmedo del suelo, la suave luz tamizada por los esteros que guardan el frescor de las bodegas, te hacen parar, respirar hondo, sentir, recuperar esos paraísos perdidos que nunca debimos dejar escapar. Estos verdaderos guardianes de nuestras tradiciones, tan emparentadas con el amor al campo, a los caballos, al toro de lidia, nos recuerdan qué fue el Aljarafe, qué fue Sevilla. Te adentras en esos mundos de viejas prensas de viga, de ruedas de molino, de carros tirados por bueyes que sueñan el camino del Rocío durante todo el año.

Y la verdad de todo, esos racimos que, cuando están en la sazón de la vendimia, muestran sus granos dorados de donde, llorando, en llanto de alegría y placer, nacerá el mosto que nos reconciliará con todo.

Javier Compás Montero de Espinosa
Enólogo
 

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